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La conversación tiene lugar al día siguiente camino de la farmacia: La mayor parte de las chicas no pasa del anuncio de su tarifa. Cuesta creer que aquella veinteañera de metro ochenta de las piernas largas y los ojos de hierbabuena, esa mujer que podría estar en una pasarela o bailando de gogó en una discoteca, esa diosa eslava esté allí pasando frío y haciendo sexo dentro de un coche por veinte euros.

Se calcula que son A cuarenta servicios por cabeza, cada día en Marconi sale a Sobre cada par de tacones se erige un edificio quebrado, una historia que salió mal. A Lis se le torció la vida el día en el que la echaron de su trabajo de secretaria en un despacho de abogados de Sao Paulo, en Brasil, y de un golpe se le acabó el dinero para pagarse la carrera de Derecho.

En esa mala hora conoció a una chica que le ofreció una solución: Aquella chica fue trabando relaciones de amistad con la gente de Lis y alrededor de ella tejió la tela de araña de la confianza.

Pasó un par de meses sopesando la decisión. Vivían juntas en un piso, pero el trabajo prometido no llegaba. Las reunió en un salón del chalet y, rodeada de cuatro matones, les confesó que ese viaje no era el que habían pensado: Les quitaron el pasaporte. En ese mismo instante de desconcierto comenzaron las amenazas y las palizas. También les dieron otra noticia: Entonces Lis ya podría añadir a su currículum un trabajo de esclava sexual en una red de trata de blancas.

Pese a todo el dinero que ganaría en adelante, nunca darían esa deuda por satisfecha, así que viviría atrapada por las redes criminales. El peaje que las mafias reclaman a las africanas es mucho mayor: Diversas organizaciones han llegado al consenso de que ocho de cada diez prostitutas de las que trabajan en España se calcula que son En nació en Madrid la Asociación Feminista de Trabajadoras del Sexo que reclama el papel de las mujeres que ejercen libremente.

Las adicciones son comunes entre las mujeres. En agosto encontraron a una de ellas muerta por una sobredosis en el polígono. Ese mismo mes, la Policía encontró el cuerpo de un hombre de 70 años que había fallecido al parecer de un infarto mientras se encontraba consumiendo drogas con una prostituta. Hay que mover la mercancía, así que cada cierto tiempo cambian. Al cabo del tiempo, Lis llegó a Marconi y se vio junto a una de esas hogueras.

En esa ciénaga de asfalto, se sentía vigilada constantemente por las chicas y también por los proxenetas que observan la maquinaria tras los cristales de un asador cercano.

Cada día tenía una misión: Un servicio son 20 euros, pero no siempre. Hasta que tenías el dinero no podías volver a casa, así que podías pasar allí el tiempo que fuera. Hasta la entrada en vigor de la Ley de Seguridad Ciudadana, el 1 de julio de , existía un vacío legal que impedía tomar cualquier medida contra los clientes.

La reforma legal de hace dos años, propuesta al Ministerio del Interior por la entonces delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, hizo cambiar el panorama en el que se mueven los agentes. La simple conversación con una prostituta desde un vehículo puede ser suficiente para tramitar un expediente por infracción grave a la ley mordaza. Esta recoge multas de entre y El principal foco de actividad en la capital se da en el polígono de Marconi, donde se calcula que ejercen esta actividad unas mujeres de diversas nacionalidades: Los agentes que denuncian a los clientes de prostitutas lo hacen en la mayoría de los casos por el artículo También cuando supongan un riesgo para la seguridad vial.

En caso de que el cliente no quiera identificarse, el cliente puede ser sancionado por el artículo Las prostitutas son multadas por el artículo La forma de actuar de la policía siempre es la misma.

Utilizan coches camuflados para intentar pasar inadvertidos y pillar in fraganti a los clientes. Unas pocas ejercen en naves industriales que sus proxenetas han convertido en auténticos prostíbulos carentes de las mínimas condiciones de salubridad. A las puertas del edificio prolifera la basura, testigo del olvido institucional que sufre el barrio.

Las mujeres que viven en la zona y tienen que atravesar el polígono para ir al supermercado o coger el metro, son confundidas con prostitutas por los clientes.

Los consumidores de prostitución en Villaverde dan por sentado que la presencia de estas mujeres en la calle es sinónimo de que ejercen de meretrices. El precio de alquiler de las naves también refleja la realidad de prostitución que tiene lugar a sus puertas: Pasó el periodo y Madrid sigue sin contar con una normativa que regule la prostitución. Ana, la joven rumana de 20 años, inicia su jornada a las 11 de la mañana. Así que saca el móvil para distraerse. No puede sentarse, eso no es parte del trabajo:

Son los voluntarios de Médicos del Mundo, que reparten preservativos y material lubricante. Las españolas son Los datos que maneja el Cuerpo Nacional de Policía son muy similares.

Grupos de mujeres, también en su mayoría subsaharianas, se concentran junto a fogatas. Pasadas las dos de la madrugada, no superan la decena. La que no ha desaparecido de las calles es la prostitución en la zona de Centro.

Un recorrido por las calles cercanas a Gran Vía permite ver a mujeres muy jóvenes, en especial rumanas, a la espera de clientes. Después de concertar el precio en la acera, las mujeres y sus clientes suben a las habitaciones que alquilan en casas y pensiones.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema. La Venus de Milo del Sur de Madrid ha colocado sobre la hoguerita dos tablas de contrachapado que se sujetan una con la otra como un tejado y cubren su lumbre para que el agua y la noche no la apaguen.

Viste un tanga y unos tacones de charol blanco. El paraguas claro descansa sobre el hombro derecho y ella ladea sobre él la cabeza y suspende la mirada en el vacío, como esas chicas de los jardines de Renoir. Desde el otro lado de la calle se puede sentir su perfume mareante de canelas, melocotones y pachulíes que sube de nota conforme uno se acerca a ella.

Aleksandra nació en Rumanía, tiene 23 años y ofrece sus servicios de puta en Madrid en el supermercado de la carne, el mayor prostíbulo a cielo abierto de España, un mar de esclavas y de kleenex usados que se conoce como Marconi.

Siete de la tarde. Una calle separa dos galaxias distintas. A un lado, la inocencia familiar de cualquier urbanización de Madrid a esa hora, el terreno de la indignación vecinal. Al otro, chisporrotea el fueguito de Aleksandra, que es uno entre cincuenta como los faros de una costa desconocida, oscura, atroz y amenazante.

Cada pocos metros se eleva una hoguera en mitad de la noche. Cada fuego alumbra el cuerpo de una mujer. Circulan despacio porque allí siempre es hora punta. Reducen la marcha para ver de cerca la mercancía, lanzan un grito desde la ventanilla, negocian el precio y, poco después, paran a un lado de la carretera.

A través de las ventanillas se adivinan siluetas en diversas posturas, un porno de sombras. Después, ellas bajan y caminan de nuevo sobre una acera tapizada de pañuelos de papel y los coches vuelven a circular.

Se calcula que chicas hacen la calle en Marconi, que es como se conoce al polígono de Villaverde y al de El Gato. Esta es una selva antigua, crecida después de que se desmantelara la Casa de Campo, el tradicional caladero de la prostitución madrileña. Casi no se las ve. Cada esquina y cada trozo de acera tiene un dueño, un color de piel y un acento distinto.

Cada palmo de terreno es un bien codiciado que tiene dueño. Lo controlan las mafias. En cada puesto se relevan las chicas, que pagan un canon de sus beneficios a los señores feudales de ese asfalto. Algunas mujeres pasean entre ellas, les llevan tabaco y por supuesto, cuentan los clientes y las ganancias.

Su gesto es servil, pero en realidad son la cadena en el tobillo. Los chulos no se dejan ver. Algunos controlan desde las atalayas de los edificios, en habitaciones calientes lejos del frío y de la lluvia. También vigilan a los reporteros desde furgonetas blancas. Uno de ellos, de pronto, recorre la acera a pie camino de ninguna parte para dar su mensaje a las chicas y al periodista: Caderas anchas, pechos asomando tras una red de encaje, pongamos que se llama María.

Ante la negativa de este, Ana ofrece ir a una nave del polígono. Las chicas que flanquean a Ana solo ven el pasar de los turismos, en su mayoría vehículos de clientes. Es agosto y, como cualquier otra actividad, la prostitución funciona a medio gas ante la menor demanda.

Las empresas del polígono echan el cierre y las mujeres permanecen las 24 horas. Estamos jugando en un mercado. Samy quiere que la vean. Ella solo atiende a los que llevan auto.

A menos de 50 metros el conductor de un auto blanco la vigila y observa la escena. Cuando se le pregunta por su situación se siente hostigada, hace una señal con la maño derecha, coge su bolso y corre hacia el coche.

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